Boletín N° 20: ¿Cuál es el mensaje encomendado?

Estimados hermanos y amigos. Les saludo nuevamente en el poderoso nombre de nuestro Señor Jesucristo. Luego de transcurrido un tiempo volvemos a retomar la entrega  de boletines.

«Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.» (Mt 7:13-14)

Quizá una de las cosas que más incómoda  de la predicación de Jesús es que era muy radical. El no aceptaba que una persona intentara ir adelante en el reino de Dios y al mismo tiempo se apoyara o buscara lo que estaba dejando atrás. Ambas cosas son incompatibles, y así lo hizo notar el Señor.

El arrepentimiento es uno de los requisitos que el Señor Jesucristo estableció para poder entrar en el reino de Dios. Así pues, el arrepentimiento no puede ser tomado a la ligera, sino que debe ser una decisión inteligente y firme. No hay lugar para los vacilantes e indecisos en el reino de Dios. Ya sea la forma que tenemos de hacer o de ver las cosas, o los lugares a los que vamos, debemos cortarlos radicalmente a fin de entrar al reino de Dios y ser librados del infierno eterno.

El arrepentimiento genuino y verdadero, por un lado, comparte el pesar que viene del remordimiento, reflejado en el hecho de que la persona se siente mal por lo que hizo, pero además pide perdón por las ofensas y los pecados cometidos mediante el lloro, la lamentación sincera, la súplica de corazón contrito  y el clamor con toda su alma hacia Dios.

Finalmente, este llamamiento al arrepentimiento es tan radical que implica morir con Cristo. Él lo dijo en varias ocasiones: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame» (Lc 9:23). Esto significa una completa dedicación a Cristo, cueste lo que cueste. Significa abandonar nuestra propia voluntad, ambiciones, deseos, esperanzas y planes, porque nuestra vida entera le pertenece sólo a Cristo.

Hoy en general en el mundo entero se están entregando desde los pulpitos eclesiásticos modelos de predicaciones timoratas, asustadizas,  livianas y superficiales, que matizan una diversidad de temas, muchas veces  estructurados  desde lo que sugiera   la agenda y las contingencias del mundo secular. El día del niño, del padre, de la madre, el día de los enamorados, Halloween, navidad, año nuevo, la autoayuda, teorías de la psicología y la filosofía,  etc. Innumerables reflexiones, pensamientos o meditaciones personales  que el predicador produce en su laboratorio religioso interno  y que comparte con los feligreses pero, ¿Dónde están las fervorosas y valientes predicaciones que  llamaban con poder al arrepentimiento  de pecados y que se predicaban  hace años atrás? ¿Qué pasó con esos mensajes que dejaban atónitos y temblorosos  a los visitantes cuando asistían a un templo cristiano? ¿Es que acaso el Espíritu Santo ya no tiene la intención ni las ganas de comunicar a las almas a que se arrepientan de sus pecados? Entonces, ¿Por qué no se están proclamando esos mensajes?

La Biblia nos ofrece numerosos ejemplos de personas arrepentidas que rápidamente cambiaron su actitud. El apóstol Pablo, inmediatamente después de convertirse, dejó de perseguir a la iglesia de Dios y comenzó a predicar por todas partes que Jesús era el Cristo, el Hijo de Dios. Tan grande y radical fue el cambio, que los que le habían conocido estaban atónitos (Hch 9:20-22). Y lo mismo ocurrió con los tesalonicenses cuando se convirtieron: ellos se apartaron de los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero (1 Ts 1:9-10).

El arrepentimiento es un proceso que nos lleva a una relación con Dios. Hechos 3:19 nos dice; Por tanto, arrepentíos y convertíos para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que tiempos de refrigerio vengan de la presencia del Señor. El arrepentimiento genuino tendrá como resultado inevitable un cambio de conducta fácilmente observable por todos. Donde no se nota ese cambio, es cuestionable que haya existido un auténtico arrepentimiento.  «El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia.» (Pr 28:13)

Saludos cordiales y que Dios te bendiga.

Oscar Eduardo Fuenzalida Torres

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